
Este fin de semana fui a dar una vuelta por la rambla de Barcelona y descubrí una tienda que me llamó mucho la atención.
En estos días en los que todos los negocios intentan ofrecer un toque distinto con el que sorprender, en donde los televisores de plasma están en cada sala, da gusto a veces encontrar un local que no ha cambiado con el paso del tiempo.
Conforme se entra te encuentras una pila de cajas de música con distintas melodías de música clásica, seguídamente hay estanterías y estanterías todas llenas con discos de vinilo y libros antiguos, de estos que parece que solo por tocarlos se vayan a hacer añicos.
Todo está ordenado, aunque da un aspecto de desorden al ver como las hojas sueltas de algunos libros sobresalen de las estanterías. Es un local estrecho, en el que parece que dos personas no vayan a poder cruzarse sin tener que intentar no chocarse.
Por último hay un piano antiguo al final del local, en el que, por casualidad vimos como un hombre se sentó y sin mas, se puso a tocar una partitura para el deleite de los que tubimos la suerte de estar allá presentes.



